Brasil tiene también sus indignados

Nicolas Bourcier, Le Monde.fr

Marcelo Medeiros tiene 63 años,y muchas ilusiones a media asta. Jefe de una pequeña sociedad telefónica en Río, este gran hombre de cabellos blancos y palabra amable dice no haber jamás participado en toda su vida en un movimiento de protesta, ni haber votado por Lula.

Miembro de la vieja clase media carioca, más bien cómodo en su barrio de Leblon, uno de los más chicks de la ciudad con su vecino de Ipanema, atravesó las últimas décadas mirando sus distancias, casi o sin una palabra contra los negocios de corrupción que periódicamente salpicaron la clase política y siempre empañando un poco más la imagen que se tenía de la élite en el poder.


Pero cuando Antonio Palocci, jefe de la Casa Civil –el equivalente local del primer ministro-, tuvo que dimitir en julio de este año, acusado de enriquecimiento personal seguido algunas semanas más tarde, por Alfredo Nascimento, ministro de transportes, puesto en tela de juicio junto con una treintena de colaboradores en un vasto escándalo de malversación de dinero, la sangre de Marcelo no hizo más que un paseo. “La corrupción es un deporte nacional, dice, pero nunca había alcanzado tal amplitud”.

En el Clipper, un bar sin pretensión del barrio, donde Marcelo encuentra cotidianamente a un grupo de amigos de la misma edad en torno a una cerveza, se lanza sobre la viva idea de una marcha de protesta contra “el robo y la impunidad”. Maninho y Ony, dos viejos compinches, se adhieren inmediatamente al proyecto.

Otros los siguen. Una mailing-list se creó, y la fecha de la manifestación fijada sobre la marcha el 31 de julio, en una placita no lejos de la playa. “Queríamos sacudir la pasividad de nuestros ciudadanos », dice. También el diario español “El País” se preguntaba por qué, con tantos asuntos, Brasil no todavía iniciado su movimiento de “indignados”. Agrega con una gran sonrisa: “¡Al principio, era un poco como una farsa, estábamos en el Ejército de Brancaleone!” –una referencia a la película italiana de Mario Monicceli.

Al día J, ¡son unas cincuenta personas que respondieron al llamado! Es poco para un inicio. Pero suficiente para mantener la moral de la pequeña tropa. Puesto que las dimisiones en el seno del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff se multiplican. Nelson Jobim, ministro de la defensa, culpa violentamente en una entrevista a dos miembros del gobierno y deja su puesto a principios de agosto.

El 17, Wagner Rossi, ministro de agricultura, cae por tráfico de influencias. Y además pocos días después y “la absolución” acordada por los diputados a Jacqueline Roriz, una candidata del Distrito federal (Brasilia) comprometida en un enésimo caso de corrupción, termina por precipitar el movimiento.

En Facebook, una red creada principalmente por Cristiane Maza, la cincuentona seria, rodeada de dos jóvenes estudiantes hiperactivos, forma la caja de resonancia. Los principales diarios, que defienden muy abiertamente su preferencia por la oposición, comparan el movimiento naciente con las protestas chilenas y españolas o con las revueltas del mundo árabe. “Nosotros no tenemos porta voz, ningún líder político y no tenemos soluciones a proponer contra la corrupción”, explica muy simplemente Marcelo. “Son los dirigentes quienes tienen que encontrar rápidamente respuestas a esta plaga”.

El 7 de septiembre, día de la fiesta nacional, son más de 20 mil indignados descendiendo las calles del país. Algunos jóvenes tienen el rostro pintado, como el movimiento ciudadano del 2002 que empujó hacia la dimisión del presidente Fernando Collor de Mello. Éste, después de haberse alejado un tiempo de la política, tuvo un regreso notable al Congreso acercándose así al gobierno de Lula. “Antes, los movimientos de protestas eran llevados por un partido o un sindicato, resalta Marcelo. Y nada cambió. Nuestra fuerza, es ser eclécticos, ciudadanos y no partidistas”.

En Brasilia, los organizadores de la marcha contra la corrupción impidieron así a los militantes del partido Socialismo y Libertad (PSOL, extrema izquierda) desplegar sus banderolas.
Algunos políticos conocidos por su compromiso contra la corrupción no se unieron a los desfiles. “Ellos no nos aceptan, lamenta Alfredo Sirkis, diputado del Partido Verde y autor de un proyecto de ley que reforma el muy complejo sistema electoral brasileño. Es una pena, falta una dimensión institucional y estratégica en este combate”.

El 20 de septiembre, Marcelo y su tropa juntaron apenas a dos mil personas en el centro de Río. Los medios de comunicación habían anunciado más de treinta mil. Qué importa para Marcelo: “No lo dejaremos. Dilma reaccionó por el momento con vigor y firmeza. Pidió cuentas a las personas implicadas. Pero todo el mundo sabe que el camino es todavía largo, muy largo para limpiar el sistema.”
Una nueva cita está prevista para el 12 de octubre. Marcelo quiere creer que otro Brasil es posible. Y que ya comenzó. Sea cual sea el número de indignados presentes en las calles. “El país es nuevo, tenemos todo que aprender”. No se equivoca.

Traducción por: Natalia Lerín

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