El lugar creciente del Islam en los suburbios

Le Monde.fr

Y he aquí una constatación que molestará a algunos cuantos. En los perímetros de Clichy-sous-Bois y de Montfermeil (Seine-Saint-Denis), las dos ciudades emblemáticas de la crisis de los suburbios desde los motines del otoño del 2005, la República, ese principio colectivo censado para organizar la vida social, es un concepto lejano. ¿Lo que “hace sociedad”? El islam en un principio. Un islam de todos los días, familiar, banal casi siempre, que provee marcas colectivas, moral individual, vínculo social, ahí donde la república multiplicó las promesas sin cumplirlas.


Así pues, la creencia religiosa más estructurante que la creencia republicana. Veinticinco años después de haber publicado una investigación de referencia a cerca del nacimiento del islam en Francia titulado –Los suburbios del islam (Umbral)-, el politólogo Gilles Kepel, acompañado de 5 investigadores, regresó a los barrios populares de Seine-Saint-Denis para entender la crisis de estas poblaciones. Seis años después de los motines causados por la muerte de dos adolescentes, en octubre del 2005, su equipo compartió el té en los departamentos de las dos ciudades, acompañó a las madres de familia a la salida de las escuelas, volvió a encontrarse con los jefes de las empresas, los profesores, las elegidos, para contar el destino de este “suburbio de la República” – es el título de la investigación, compleja y apasionante, publicada por el “Instituto Montaigne”.

El sentimiento de marginación favoreció una “intensificación” de las prácticas religiosas, constata Gilles Kepel. Los índices se multiplicaron. Una frecuentación de las mezquitas mucho más regular –las dos ciudades (60 000 habitantes en total) cuentan con una decena de mezquitas, con perfiles extremadamente variados, pudiendo recibir hasta a 12 000 fieles. Una práctica del ramadán casi sistemática para las personas. Una concepción extensible del halal, en fin, que instaura una frontera moral entre lo que está prohibido y lo que está autorizado, línea de fractura válida para las opciones más íntimas hasta en la vida social.

Los investigadores toman como ejemplo las cafeterías escolares, muy poco frecuentadas en Clichy en particular. Un problema de costo evidentemente para las familias más pobres. Pero la razón fundamental el cumplimiento del halal. Las primeras generaciones de inmigrantes que tenían inscritos aquí a sus hijos, les pedían simplemente no comer carne de cerdo. Una parte de sus hijos, que se convirtieron en su momento en padres, prefiere evitar las cafeterías para su propia descendencia porque éstas no poseen el halal. Un factor de alejamiento preocupante para Gilles Kepel: “aprender a comer, juntos, en la mesa de la escuela es uno de los modos de aprendizaje de la convivencia futura en la mesa de la República.” Ya que el movimiento de “reislamización cultural” de finales de los años 1990 fue particularmente señalado en Clichy y en Montfermeil.

Sobre las ruinas causadas por el tráfico de droga dura, en un contexto de desmoronamiento del comunismo municipal, de frente a la multiplicación de las incivilidades y de la violencia, los misioneros del Tabligh (el movimiento pietista más importante del Islam) en particular, contribuyó a devolver un marco colectivo. Y participó en la lucha contra la heroína, en los años 90, justo donde la policía había fracasado. Este combate contra las drogas duras –reemplazadas en parte por los traficantes de cannabis -ofreció una “legitimidad social, espiritual y redentora” al Islam- aún si la victoria contra la heroína es, en realidad, de sobra resultado de las políticas sanitarias.

El islam proporcionó también y sobre todo una “compensación” del sentimiento de indignidad social, política y económica. Es la tesis central de Gilles Kepel, convencido de que esta « piedad exacerbada » es un síntoma de la crisis de los suburbios, no su causa. Como si el Islam se hubiese desarrollado en ausencia de la República, más que en su oposición. Como si los valores del islam hubieran llenado el vacío dejado por los valores republicanos. ¿Cómo creer aún, en efecto, en la República?

Más que una investigación acerca del Islam, el estudio de Gilles Kepel es una zambullida en los intersticios y las fallas de las políticas públicas dirigidas a los barrios sensibles… Con un balance mediocre: el territorio sufre todavía de una marginación duradera, ilustrada estas últimas semanas por la epidemia de tuberculosis, enfermedad de otro siglo, en el barrio de Chêne-Pointu, en Clichy, ghetto de pobres y de inmigrantes frente al cual los poderes públicos permanecen desarmados (Le Monde, 29 de septiembre). Representado desde hace unos años por una tasa de desempleo muy elevada un nivel de pobreza sin equivalente en Ile-de-France y por un fracaso escolar masivo.

Clichy-Montfermeil forma una sociedad frágil, fragmentada, desestructurada. Donde se cuenta con éxitos individuales a veces brillantes y con recorridos de resilencia ejemplares, pero donde el fracaso escolar y la orientación temprana para la enseñanza profesional son la norma. “Portadora de esperanzas inmensas, la escuela es sin embargo también objeto de los resentimientos más profundos”, constatan los investigadores. Al punto de que “la figura más detestada por un buen número de jóvenes es la de la consejera de orientación al final del colegio– con un amplio margen frente al de los policías ».

Y sin embargo, los poderes públicos no moderaron sus esfuerzos. Centenas de millones de euros invertidos en la renovación urbana para destruir los perímetros más viejos y reconstruir los barrios enteros. Desde hace dos años, las grúas empujaron un poco por todas partes y las obras se multiplicaron –invalidando los discursos demasiado fáciles a cerca del abandono del Estado. Aquí, una escuela reconstruida, allá, un inmueble degradado transformado en residencia. Un comisariado nuevo, también, cuya construcción fue plebiscitada por los habitantes -porque encarnaba la esperanza de una política de seguridad de proximidad.

El problema, muestra Gilles Kepel, es que el Estado constructor no es suficiente. Los perímetros fueron arrasados para algunos, renovados para otros, pero el Estado social, éste, sigue siendo insuficiente. La política del empleo, incoherente, no permite sacar adelante a los desempleados. Los transportes públicos siguen siendo notoriamente insuficientes e impiden a la juventud de las dos ciudades disfrutar de la dinámica económica del resto de la Seine-Saint-Denis. Más delicado todavía, el hacerse cargo de los niños pequeños no está siendo adaptado, en particular por las familias que vienen de África subsahariana y son educados con modelos culturales muy alejados de las prácticas occidentales.

¿Qué hacer entonces? Reorientar las políticas públicas hacia la educación, la primera infancia, primero, para dar a la juventud algo para integrarse económica y socialmente. Dar confianza, enseguida, a las élites locales de la diversidad permitiéndoles acceder a las responsabilidades para tener, mañana, gobernadores, diputados, altos funcionarios musulmanes y republicanos. Porque en este cuadro tan sombrío, el investigador percibe el despertar de una clase media, de jefes de empresas, de jóvenes diplomados, de militantes asociativos, deseosos de pesar en la vida pública, preocupados por conciliar la identidad musulmana y la pertenencia republicana.

Luc Bronner

Traducción por: Natalia Lerín

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