El Elíseo o el colmo de la mediocridad.

Giuliano Ferrara, Panorama

Entusiasmado por el candidato del 2007, el célebre editorialista neoconservador Giuliano Ferrara dirige una feroz acusación contra el presidente del 2011.

Pido perdón a mis lectores de Panorama. Con anticipación sobre todo lo escrito, y a lo largo de la fulgurante campaña electoral para la presidencia del 2007, escribí que Nicolas Sarkozy era una bestia política, un innovador borracho de buenas ideas, un hombre valiente, decidido a cambiar Francia y Europa. Un día, durante una conferencia de la compañía Axa, en París, con la corresponsal de The Economist, me dejé llevar por un alegato sin vergüenza del candidato Sarkozy en la vieja sede izquierdista de la “Mutualité”. En realidad, es apenas un hábil hombre político. Le falta substancia y tiene muy mal gusto; a su espíritu de depredador se agrega una duplicidad de descaro y cinismo; la lista de sus complejos neuróticos, psicológicos y culturales es más larga que un París-Marsella. Sin contar que es radicalmente incapaz de cumplir sus promesas.

Del polvo en los ojos.

Poco antes de la elección en dónde se oponía a la insoportable Ségolène Royal, comencé a sospechar que quizás me equivocaba de ruta. Mis dudas fueron confirmadas por los hechos. Si Nicolas Sarkozy fue un candidato excepcional, es un presidente mediocre. Desafortunadamente. Mi extravió se debe a un extraordinario personaje de la sombra, quien prestó a Sarkozy el alma y las palabras cuyo ego desproporcionado del candidato, tenía necesidad. Pero él lo ha hecho con elegancia, sensibilidad cultural y coraje, desafiando lo política e ideolígicamente correcto de la cultura europea post 1968. Hablo evidentemente con certeza, se trata de su speech writer Henri Guaino.

Flor de la provincia, huérfano, hijo de una camarera, rechazado en la admisión a la célebre fábrica de talentos el Estado Francés, la Escuela Nacional de Administración. Guaino inventó literalmente, por su inagotable vena literaria, al Sarkozy que habló tan bien y reaccionó tan mal. Él lo hizo decir que los franceses tenían que trabajar más -mucho más que 35 horas- para ganar más y ser competitivos en el mercado, un ejemplo de liberalismo económico que hacía y hace todavía escándalo en la Francia colbertista. Hizo sostener que la vieja ley de 1905 sobre la laicidad era obsoleta, porque la fé merecía su lugar en el espacio público.

Por sus palabras, diluyó el gaullismo agregándole toques de espíritu radical y conservador, cavando en lo mejor de la cultura humanista e izquierdista de la historia francesa a partir de León Blum. A él le sugirió la crítica del Mayo de 1968, la necesidad de restablecer el principio de autoridad en la escuela y la sociedad. Él sugirió las ideas esenciales sobre la política extranjera, para empezar por el rol de los Estados Unidos, exportadores de democracia y autores de una revolución ilustrada sin trazo de jacobinismo, en el arbitraje de los intereses y los valores en los asuntos mundiales. Henri Guaino tendió el escenario a Sarkozy de la apertura a la izquierda, punta de lanza de una nueva manera de gobernar durante su primer año de mandato. Le explicó, en memorables discursos que el candidato se contentó con recitar sin captar la esencia, de hasta qué punto una identidad occidental fuerte era importante frente a la tentación de la eterna repetición histórica y el odio hacía uno mismo que aflige a Occidente.

Pero todo eso no era más que polvo en los ojos de Henri Guaino, verdadero outsider, hombre culto, mente pensante. Sarkozy no sirvió ni sirve, como consejero especial en el Elíseo, pero todo es pura facha. La política del jefe del Estado tiene un yo-no-sé-qué de irremediablemente mediocre, de complaciente y de artificial. Fue de fracaso en fracaso antes de llevar su arrogante lógica de fiasco a la escala europea e internacional. Se lanzó principalmente, con toda prisa hiperactiva, en una luchita de dioses, que pretende intervenir en la guerra civil en Libia, bajo el falaz pretexto de una causa humanitaria. Una vez más, me disculpo. Sarkozy hizo suyo el más virulento nacionalismo económico; se está muy lejos de la revolución del mercado en una Francia asistida, holgazana y estatal. El Hexágono no soporta más la comparación con la Alemania europeísta, su economía es sinónimo de debilidad creciente y de déficit presupuestal colosal, al 8%. El gobierno lanzó una primera serie de reformas cruciales, gracias a la perseverancia de su Primer Ministro François Villon, pero nada más. Acerca de la laicidad del Estado, acordada como del año ochoscientos de la cultura religiosa proveniente del espacio público, bajo el mandato Sarkozy, protodiácono de San Juan de Letrán acogido sobre el sagrario de aquella basílica con grades esperanzas de Camillo Ruini y Benedicto XVI, Francia está dando grandes pasos, pero sobre una mala pendiente. Por otro lado la apertura a la izquierda, que tuvo su culminación con las nominaciones de Bernard Kouchner en el Ministerio de Relaciones Exteriores y de Dominique Strauss-Kahn en el Fondo Monetario Internacional, está literalmente muerta y enterrada.

Ringard y bling-bling

La tradición socialista y humanista de la Francia del Frente Popular, esa especie de radicalismo pleno de sentido de la tradición y del espíritu popular, cedió el paso a un vago populismo mediático marcado por la hiperactividad de un presidente ringard y bling-bling, expresiones usadas para definir su vulgaridad y su mediocridad. Si la persona de Silvio Berlusconi es surrealista, teatral y digna de casting aquella de su homólogo francés es mundana en su sentido arribista, de revista en el sentido de la búsqueda de imagen y publicidad gratuita; en resumen un trepador oportunista sin encanto.

Su política extranjera, basta decir que ahora se la presta BHL, Bernard-Henri Lévy un tipejo de la orilla izquierda, hombre de espectáculo a quien el saco de la filosofía no le favorece, quien no acaso atacó a Guaino, inventor de un presidente ideal traicionado por el presidente real, apoyándose sobre ridículos argumentos moralistas recibiendo esta respuesta: “Este imbecilito pretencioso no me interesa. ¿Quién será entonces? ¿Qué ha hecho en su vida tan extraordinario para tomarse el derecho de juzgar y mandar de este modo?” Y he aquí que Sarkozy renegó de los hechos de su creador literario y abrazó la versión grotesca del poder filosófico de los intelectuales post 1968, con toda su banalidad y su conformismo proyectado sobre el teatro del Mediterráneo. Una región que Sarkozy de todas formas había prometido salvar y unificar pegándosele a los costados a… ¿Adivinen quién? La respuesta del millón: Hosni Moubarak.

Traducción del texto publicado en francés en Courrier International por Natalia Lerin. 

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