¿Qué está permitido leer en un Centro de Retención?

Mathieu Rigouste, Libération, 14/07/11

Mi amigo H, no tiene papeles. Vive en Francia desde hace varios años, efectúa todo el trabajo sucio mal pagado que el patronato quiera achacarle. H. es un nombre prestado, mi amigo debe cambiarlo después de cada paso por un centro de retención administrativo (CRA).

Como tantos otros en su caso en Toulouse, se quema regularmente las falanges para burlar las tomas de huellas y evitar ser expulsado. Fue detenido hace 10 días e internado por segunda vez en el centro de retención administrativo de Cornebarrieu, cerca de Toulouse.

Fui a verlo, este miércoles 6 de julio por la tarde con otros dos amigos (as). Como él había pedido, nosotros le llevamos algunos libros. El Grial de hierro, una terrible aventura de Merlín, y Fuego en el centro de retención, indocumentados testifican, una selección de relatos de migrantes que participaron en las luchas que precedieron en incendio del CRA de Vincennes en junio 2008 (Ediciones Libertalia, 2008. Los beneficios de este libro son enteramente devueltos en apoyo a los inculpados del incendio del CRA de Vincennes).

Es cierto que, tomándolos de la biblioteca, uno se pregunta si los policías del aire y las fronteras (PAF) no nos van a hacer problemas.

En la carretera, en el auto, discutíamos el estatus de este tipo de establecimiento, “Una zona de excepción”, dijo uno, un “campo”, dijo el otro, una “prisión para extranjeros”, dijo el último.

Los CRA no aparecen en la mayor parte de los mapas, no están indicados ni una sola vez en la carretera alambicada que lleva hasta ellos. Nos parece evidente que este alejamiento del mundo normal fue pensado. Es casi imposible de llegar hasta aquí en un transporte común. El CRA fue construido al final de la pista del aeropuerto Blagnac, “para maximizar los tiempos de trayecto de las vans de detención” explica la directora del gabinete del prefecto (Anne-Gaëlle Baudouin-Clerc, directora del gabinete del prefecto, Ibíd.). Está concebido para recibir a más de 126 personas, incluyendo a familias con sus hijos.

También para construirlo, el Estado acondicionó un espacio de excepción dentro de derecho. Edificado en una zona no construible, clasificada como categoría “Alta Molestia” en el plan de exposición al ruido (La Dépêche, 13 de noviembre de 2009), el prefecto había esquivado la prohibición clasificando al campo primero como equipamiento hotelero y después como equipamiento aeroportuario. Los daños sonoros prohibidos en contra de un “cuerpo legal” se convirtieron en legítimos ya que eran aplicados sobre “cuerpos indocumentados”.

Construido en el 2006, este CRA era un prototipo de un nuevo género, de ultraseguridad, racionalizado, rentable y explotable. Está provisto de un funcionario por cada retenido, de 103 cámaras y de pases electrónicos para acceder a diferentes zonas (Reporte de visita del supervisor general de los lugares de privación de la libertad, CRA Cornebarrieu, 17 de marzo de 2009).

Tocamos, una cámara nos interroga, parece reflexionar, después nos abre la gran reja automática. Uno espera casi ver a Jabba le Hutt (personaje de ficción del universo de Star Wars1). En la entrada, un policía de la PAF verifica nuestras identidades, nos registra y nos pasa por un detector de metales. Luego inspecciona los libros. Se detiene vagamente con “Fuego en el centro de retención”, verifica que no haya nada escondido dentro, después nos lleva hasta el locutorio donde nos encierra con H. por 30 minutos. Al cabo de un cuarto de hora, una policía abre la puerta y nos pide el libro, explicando que debe verificar si es apropiado y no hay riesgo de que “incite un motín”

Le explico que se tratan de relatos, que los indocumentados de Vincennes no tuvieron necesidad de este libro para rebelarse, y le pregunto si tiene miedo de las ideas y, es cierto, de manera insolente, cínica y subversiva, me expresé: “ ¿Pero no acaso estamos en democracia? ¡Mi bella dama!” “¡Sí estamos en democracia, es justamente por eso que debo verificar!”, nos responde la funcionaria. Está bien claro que un libro de Michel Foucault o de Giorgio Agamben, es técnico y eficaz, claro y conciso; materialista y sin un lenguaje estereotipado.

Disfrutamos de nuestro segundo cuarto de hora con H. para discutir. Nos dijo que, ahí también hacía algunos meses, tunecinos habían hecho explotar las luces y encendido fuego. Que los policías blancos trabajan principalmente en la recepción y que en el interior, son negros y árabes quienes se encargan de la tutela. Que si no era expulsado, iría a Inglaterra o a Bélgica porque en Francia, la tercera vez, es prisión. Después la policía abre la puerta y nos pide irnos. H. le pide el libro, él insiste para tenerlo y alza un poco el tono de voz. Un policía se interpone, lo empuja hacia atrás y lo encierra. La policía vuelve a tomar la palabra. El tono sube de ambas partes, después otro espectáculo comienza.

La joven policía confisca el libro porque el comandante lo juzgó “de naturaleza incitadora de motín”. Yo explico que hay un número ISBN, que la censura de estado no lo había prohibido hasta ese momento. Al momento de enunciar, tomé conciencia que el Estado adapta el espacio y el tiempo autorizando o prohibiendo algunos de nuestros gestos. En pleno centro se puede comprar este libro, pero en un centro de retención no se puede proporcionar. H. no está, por otra parte, inculpado por algún delito, está “retenido” porque se le niegan los papeles, el derecho de vivir libremente en Franca y de trabajar aquí por el mismo sueldo que un francés. En este centro no existe el derecho de recibir el libro. Está prohibido leer los testimonios de otros indocumentados. Los agentes del Estado buscan prevenir revueltas impidiendo la libre información pero también prohibiendo ciertos gestos. Proporcionar este libro traiciona un encuentro y la comunicación entre los dominados, inicios de organización que los dominantes no pueden soportar. Validan así la idea que las revueltas no son formas de resistencia a la opresión sino más bien emociones colectivas de masas manipuladas desde el exterior. “Incitar al motín”, eso se impone a la idea que la revuelta es manipulada y manipulable, lo que evoluciona beatamente entre la estupidez y la bestialidad. El hecho de prohibir este libro a mi amigo revela cómo el Estado funda su ley en los programas de excepción que aplica a aquellos sin derechos. El estado moderno se descubre en la entrada del campo. El humanismo del cual se habla tan fuerte permite antes que todo deshumanizar en silencio.

“¡Ustedes incitan al odio!” nos gritan dos agentes de la PAF. Uno de nosotros ríe, el otro protesta, la tercera se indigna patéticamente: “¿Cómo, somos nosotros quienes incitamos al odio?” “¡Sí, y ese libro degrada la función pública!”, asegura otro uniformado. Sobre eso, la policía enuncia el argumento imparable: “¿Y si fueran a su casa y le llevaran un libro titulado “Fuego al M.R.”, estarían contentos?” “Primero nos echamos a reír luego perdimos nuestro tiempo con consideraciones rebeldes. Nos hicimos acompañar calurosamente hasta la salida, después un último funcionario, entre aquellos que habían visto la escena, se lanza sobre mi amigo: “Son los comunistas como tú a quienes se debe eliminar”. Habiendo nacido en el fin de la Guerra Fría, no había escuchado jamás estas palabras pronunciadas por un ser vivo y descubro en la misma ocasión que mi amigo es comunista. ¡Este astuto de rojo me lo tenía bien escondidito!

El campo no es un lugar, no es un momento, es una de las expresiones más contemporáneas de eso que Hannah Arendt llamaba “la banalidad del mal”. Ahí donde el derecho burgués se desenmascara, donde el Estado está desnudo y asume plenamente su rol de guardián, ahí donde la democracia se revela como una máquina de guerra social.

1 N. del R.

 Traducción por Natalia Lerin. 

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