Humanizar la inmigración

Por Guillaume Jacquemart,                                                                          


La inmigración nos es presentada muchas veces de manera compleja, científica (flujos, movimientos migratorios…) o en metáforas (olas, tsunamis migratorios…) que nos empuja a creer que solamente se trata de un fenómeno de masa. Esta forma de presentar las cosas es muy usada por el discurso político de los gobiernos que, para justificar sus políticas de seguridad y de represión con respecto a la inmigración, alborotan la amenaza de invasión. Es suficiente que miremos cómo reaccionan el gobierno italiano y francés frente a la llegada de 25,000 tunecinos a Lampedusa desde el principio del año, para entender que sus reacciones son simple y sencillamente desmesuradas.

Este tipo de discurso tiene una repercusión importante en la construcción mental que se hacen los ciudadanos del emigrante. Éste último es percibido como alguien antipático, como una amenaza. Ninguna compasión puede nacer frente a ese extranjero que viene a robarnos nuestro pan. Él representa un peligro que es también fuente de fantasmas y de miedos infundados. Esto basta para desalentarnos a saber quién es realmente. Lo anterior hace que todo diálogo entre el ciudadano y el extranjero sea inexistente. El poder actual busca mantener este temor del otro, porque para él es antes de todo una herramienta política esencial : en la víspera de las campañas electorales podemos ver cómo, de una manera recurrente, que el tema de la inmigración se invita en el debate.

Instrumentalizada por la política, la inmigración está lejos de ser un peligro. Si nos interesáramos más seguido en cada trayectoria personal, fomentada por el fenómeno global de la inmigración, seguro la veríamos bajo otra mirada.

No nos imaginamos muchas veces lo que puede vivir una persona durante su proceso migratorio. Desde la salida de su país hasta llegar al  »lugar donde trabaja » (servicio doméstico, obras públicas, venta ambulante en general) en el país de acogida, el emigrante pasa por choques y coacciones que lo fragilizan considerablemente.

El primer choque es la experiencia migratoria. El camino a “El dorado” está a menudo lleno de coyotes malintencionados, de policías violentos y con pocos escrúpulos que no dudan en abusar de los emigrantes, en robarlos, violarlos, o matarlos en toda impunidad. Sus trayectorias se vuelven cada vez más largas y peligrosas a medida en que la externalización de los controles policíacos europeos se fortalecen en su misma tierra de origen. Una vez que los emigrantes llegan a Europa deben vivir con este primer choque psicológico, que a menudo deja huellas indelebles.

Los emigrantes deben enfrentarse luego con el choque cultural : la barrera del idioma, los códigos culturales, las tradiciones… El emigrante se encuentra en un ambiente que le parece inestable, en donde no tiene ninguna referencia y debe enfrentarse con muchas incomprensiones. El choque cultural se vive más fácilmente gracias a la presencia de comunidades del país de origen ya establecidas, de asociaciones de emigrantes y también a la ayuda de varias ONG.

Por otro lado, el emigrante debe vivir permanente bajo coacciones, que pueden ejercerse directamente o indirectamente sobre él. En primero lugar está la coacción familiar. Seguramente es la más dura a aguantar. Muchos dejan detrás de ellos una familia e hijos para ir hacia un país que se supone les va a permitir encontrar un trabajo y mandarles plata. Algunos emigrantes esperan cuatro o cinco años antes de poder realizar la reagrupación familiar o de regresar a su país de origen para ver a su familia.

Podemos añadir a esta coacción (puesto que está estrechamente vinculada) la exigencia de éxito. El que parte debe tener éxito. No tiene otra elección. No puede volver al país sin plata, la supervivencia de la familia depende de eso. Las expulsiones son vividas como un fracaso personal, al cual se suma el miedo de ser considerado como un perdedor por la comunidad de origen o por la familia.

Esta situación provoca otra coacción, esta vez laboral. Tomemos el ejemplo del trabajo doméstico de las mujeres emigrantes : mal pagadas, condiciones de trabajo deplorables (acoso moral o sexual por los empleadores, horarios que sobrepasan las 45 horas semanales…) están obligadas a aguantarse… so pena de perder su  »empleo » (varias veces en negro) y verse más presionadas por la coacción del éxito que se acentúa aún más, aunada a la presión de la familia…

Varios otros temas podrían ser abordados de la misma forma ya que los derechos humanos de los emigrantes son menospreciados, ya sea en su país de origen o en el país de acogida. Hay que acabar con la deshumanización de los flujos migratorios presentándolos como olas de invasiones bárbaras. No escuchemos más a los políticos. Los emigrantes son hombres y mujeres como nosotros, que buscan antes que nada sobrevivir (huyendo de la guerra, de la pobreza…) o proteger a sus familias buscando lo mejor para sus hijos. ¿Es posible tener algo en contra de aquellos que quieren venir a Europa por este motivo? ¿Los gobiernos europeos tiene el derecho de tratarlos así como lo hacen ahora? Piénsenlo, yo estoy seguro que al vivir una situación similar, harían exactamente lo mismo… Cuestión de supervivencia.

Gracias a Domingo Garcia Garza por su relectura de la traducción y sus correcciones. 

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